miércoles, 23 de enero de 2008

UNA DE LAS NOTAS NECROLOGICA

Era un millonario talentoso e impuntual; un solterón feo y mujeriego; un porteño hecho y derecho cuando de demostrar el sentido del humor llegaba la hora; era de los indiscutidos reyes de la noche porteña; era un líder en eso de saber divertirse; era un espíritu refinado, un dibujante excepcional, un play boy de fama internacional, un revolucionario en su especialidad humorística cuyos aportes trascendieron la Argentina. Hacia 1947, cuando sus portentosas chicas (unas muñecas que surgieron de su lápiz y de sus trazos, de su aporte de sociólogo sin título) representaba al tipo de mujer liberal que había nacido en esa década, la revista Time se entusiasmaba asegurando que “Divito es en la Argentina una autoridad tan respetable como lo es, Christian Dior en Francia”.
El sábado 5 de julio se dio la piña –chocó claro- cuando manejaba su auto sport en Lages, estado de Santa Catalina, Brasil. Se estrelló contra un camión y murió, imaginamos, sonriente, como él quería. Riéndose de la muerte, de las desgracias, de todas las necrológicas como esta, por ejemplo; hasta de todas sus viudas. José Guillermo Divito, un personaje de Buenos Aires, asumió la muerte rápidamente; puso segunda, tercera, cuarta y un borbotón de sangre lo paralizó para siempre. Con un vaso de importado en la mano, bailando con una “señora” (así llamaba a sus invitadas) distinta cada noche, era imposible dilucidar la edad exacta de este elegante bailarín como pocos. En su boite Zum Zum, de Arenales al 1400, (antes había sido socio de Gong), comenzó a edificarse, desde 1960 en adelante, el resurgir de la noche ciudadana.
Pero su explosión de ingenio y agudeza se centró especialmente en las paginas de Rico Tipo, un semanario de humor de rompió récords de ventas en el país y albergó el crecimiento de formidables arquetipos: Bómbolo, las Chicas, Fúlmine, el Abuelo, el doctor Merengue y su otro yo, Pochita Morfoni, el increíble Fallutelli. El lunes 7 lo esperaban en la redacción de Roque Sáenz Peña al 800 con el número listo; en cambio, llegó un cable explicando –como puede explicarlo un cable- que Divito había muerto.
Su último tránsito es también, todo un sabio refinamiento: el cadáver de Divito fue enterrado en Lajes, un villorrio pobrísimo de sur paulistano.
Viajar era una de sus pasiones gordas, pero vivir, vivir más era lo que lo excitaba.
Murió un estilo que será difícil de olvidar. La noche, esa institución, prefiere no asumir la desaparición y elige despedirse con la última copa en los labios, el abrazo, la broma, un “Chau Divito” y no se acabó nada, que mañana la seguimos.
N.B